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Bocetos

La interpretación de los sueños

 SAM_6908

Bien dicen que la perfección no existe y que si llegas a encontrarla en una mujer lo mejor que puedes hacer es dar media vuelta e invitarle un trago a cualquier otra chica con la que te topes por ahí. O al menos ese es el consejo que me dio el hombre que encontré a punto del llanto en una de mis expediciones por las sobrevivientes pulquerías de la ciudad.

Lo conocí en la No más no llores uno de esos días en que al salir de la oficina la tarde se siente triste y se me antoja visitar esa pulcata donde en comparación con el promedio del lugar, mi vida de ocho horas de escritorio e hipoteca a veinte años termina por parecerme algo aceptable. Cuando llegué, él ya se había apropiado de la rocola y por las ásperas bocinas del aparato sonaba una selección de boleros adoloridos y rancheras lacrimosas de José Alfredo, Cuco Sánchez y José José. No tardó más de dos canciones en llegar a mi mesa y proponerme un brindis en honor de las mujeres – “de esas cabronas” – y al final se quedó bebiendo gratis de las jarras que yo pedí durante el resto de la tarde.

No se veía tan amolado como la mayoría de los parroquianos de la No más no llores; tenía pinta de burócrata, pero me contó que era arquitecto en un pequeño despacho al sur de la ciudad. Cuando lo encontré llevaba más de una semana de modesta pero constante borrachera y seguramente ya lo habían corrido de la chamba. No había como hacerle; la mujer por la que tomaba lo había jodido en serio. Desde un principio le olí las ganas de desahogarse, pero algo le impedía empezar a contarme su historia y eso que a juzgar por el brillo lechoso que cubría sus ojos, supuse que ya llevaba ingeridos de menos unos dos litros de diferentes curados. Durante un rato permanecí callado, mirando a mi amigo murmurar trozos de una balada masoquista de José José. Algo debió despertarle aquel coro, pues de un trago acabó con lo que quedaba en su vaso, metió otro par de monedas en la rocola y se acomodó cerca de mí para no tener que gritarme su historia.

Con la misma resignada honestidad del jugador que muestra su mano perdedora, me contó que hace poco su novia lo había engañado. Lo peor era que para él, ella no era un pez que se puede ahogar con un par de tragos y a la que sigue.

– ¿Cómo pudo hacerme esto, mi buen? Si se supone que ella era mía, si fue mía desde siempre, si yo era para ella y ella era para mí, si debíamos estar juntos, si… Sí me entiendes, ¿verdad?

Por supuesto que no le entendía. O más bien comprendí que no había nada que entender aparte de los tres fugaces vasos con los que mi amigo ya había agotado la jarra de pulque que descansaba al centro de nuestra mesa. Pedí otro litro de curado de apio, rellené nuestros vasos y mi amigo continuó con su historia.

Empezó a contarme cómo la había conocido cuando entró a una tienda de ropa buscando una corbata para una entrevista de trabajo. Ella se le acercó preguntándole si podía ayudarle en algo y él terminó probándose un traje que no necesitaba ni podía pagar con tal de retenerla más tiempo a su lado. Cuando la vio surgir de entre las filas de camisas colgadas y miró su rostro, él tuvo la sensación de conocerla de antes. Como ella no dio señales de identificarlo, pensó que sólo se parecía a alguien que no podía recordar y comenzó a platicarle que necesitaba verse muy bien para su entrevista y ella le aseguró que con ese saco de corte inglés de seguro le daban el trabajo. Al final le gustó como le sentaba el traje, pero sobre todo cómo ella lo había mirado cuando salió del probador y cómo se veía en el espejo con ella a un lado animándolo para que lo comprara. En aquel reflejo enmarcado creyó entender algo que no podía terminar de explicar.

– No sé si te ha pasado a ti, fue como estar viendo un sueño. Fue… como cuando ves algo por primera vez, pero luego luego sabes que eso es lo que quieres. Algo bien raro. Me quedé viendo su cara de niña coqueta, la medallita de la virgen de San Juan de los Lagos que colgaba de su cuello y el escotazo de su blusa. Por poco y la agarro y ahí mismo le planto un beso, pero yo estaba como congelado, como con miedo. Sí te ha pasado ¿no?

El pulque lo había inspirado y ahora mientras hablaba sus manos también se movían asustando a seres invisibles que sólo él podía ver. Continuó contándome como sintió que algo de aquella chica le estaba destinado y él supo que iba a hacer todo con tal de encontrar qué cosa era. Al despedirse de ella en la fila de la caja (tarjeta de crédito en mano), él le prometió volverla a visitar para avisarle cómo le había ido en la entrevista e invitarla a comer si le daban el trabajo. Cuando ya se estaba subiendo a su coche se dio cuenta de que no se había enterado de su nombre, pero por alguna razón pensó que tenía cara de Teresa.

Me platicó que todo salió bien en la entrevista, pero que tardaron una semana en marcarle para ofrecerle el puesto. Durante esos días él no pudo sacarse de la cabeza a la mujer de la tienda. En sus ratos de ocio intentaba recordar de dónde creía conocerla o identificar a quién se parecía en la galería de rostros de su memoria. La respuesta le llegó un día antes de que le llamaran del despacho. Entre los nervios por obtener el trabajo y la punzante curiosidad por resolver el enigma de la chica misteriosa tardó más de una hora rodando en su cama hasta que se quedó dormido repitiendo el nombre de Teresa. Cuando despertó por fin recordó el sueño recurrente que había tenido a lo largo de toda su vida: el de ser testigo inmaterial de la vida cotidiana de una pequeña niña, luego aparecida como adolescente y mujer, a quien nunca había visto en realidad, pero que se parecía casi en grado de gemela a la dependienta de la tienda departamental.

Contó cómo lo primero que hizo después de recibir la llamada del despacho fue visitarla, y con la emoción de quien ha encontrado a un viejo amor, la invitó a comer a una fondita de barrio donde pudieron conversar el resto de la tarde. Para mi compañero, la plática de aquella ocasión fue como escuchar una de esas historias que nos cuentan de niños y que creemos olvidadas hasta que nos las volvemos a encontrar en un libro arrumbado en una caja en la casa materna. Entre el menú de tres tiempos y los vasos de agua de jamaica, él escuchó con un asombro que por momentos rayaba en el miedo los trozos de vida que Teresa (sí, realmente así se llamaba) le contaba. Así, mientras ella se sumergía en un cuasi monólogo que relataba las minucias de su pasado, él recordó y confirmó sus antiguos sueños: la pequeña familia con un llanto perpetuo por el padre policía fallecido, el patio de vecindad lleno con macetas de malvones y buganvilias, los maullidos de su gatito que murió atorado entre las espinas de una de esas enredaderas, el frío del agua que entró por los sofocados gritos de su boca de cuando por poco muere ahogada en la cisterna de la vecindad, los constantes viajes a provincia a visitar a la abuela materna (en San Juan, Puebla, por fin se enteraba), la fácil y cómoda estancia en una primaria y secundaria en la misma colonia de su casa y el miedo a lo desconocido de cuando por apenas medio año asistió a una preparatoria oficial al otro lado de la ciudad. Él aprovechaba las pausas en el monólogo de Teresa para esgrimir estratégicas preguntas sobre su pasado que al ser respondidas confirmaban la revelación de mi amigo.

-Era ella, ¿entiendes, mi buen? Al principio me quise pellizcar y ver si despertaba. Claro que no podía ser. Pero ahí estaba ella. Era la mujer con quien siempre había soñado. No había duda, todo encajaba. Dejé de tirarme de a loco y me decidí a aprovechar lo que Dios me había mandado. Porque ahora sí que ella era la mujer de mis sueños. ¿No? Claro que no podía dejarla ir, ¿o tú qué hubieras hecho?

Mientras mi compañero me contaba esta parte de su historia, yo recordé un artículo que me había tocado traducir hace poco donde se afirmaba que más de la mitad de nuestros recuerdos que consideramos como fidedignos en realidad son justificaciones a posteriori para nuestros actos cotidianos. Preferí no mencionarle el dato a mi amigo y como no encontré respuesta que me permitiera seguir escuchándolo sin desacreditar su historia permanecí callado y él siguió contándome que no la había identificado de inmediato pues llevaba cerca de dos años sin soñar con ella, pero en cuanto hizo la conexión en su cabeza las similitudes e identidades comenzaron a brotar en los rasgos de su rostro, en el tamaño y forma de su cuerpo (que él ya había soñado desnudo), o hasta en el modesto empleo de la chica, previsible desde que soñó que había dejado la preparatoria en busca de un trabajo para ayudar con los gastos de su casa.

Como sentí que él seguía esperando una respuesta le contesté que casi siempre cuando conocemos a una mujer, al principio sólo vemos aquellas cosas que nos gustan y que todas las mujeres con las que nos metemos a lo largo de la vida en realidad son variaciones de nuestra única mujer platónica. Por el gesto en su cara supuse que mi respuesta no le había agradado y para no alargarme la historia, me contó cómo haciendo uso de todos los datos e información con la que contaba, poco a poco fue ganándose la confianza y el corazón de Teresa. Ella, sin saberse desde siempre vigilada por él, creyó hallarse frente al amor de su vida y desde un inicio lo llenó de cariños y mimos que él recibía alegre.

– ¡Ay, mi buen! Esos primeros meses fueron como estar entre nubes o como si una noche no hubiera despertado y me hubiera quedado en medio de un sueño.

 Pero las cosas buenas nunca duran y el hecho de que él estuviera ya medio borracho un martes en la tarde, desahogándose con un desconocido en una pulcata, escuchando una y otra vez la misma triste balada, era evidencia irrefutable de esa máxima.

Durante un largo rato mi amigo se quedó coreando la canción que salía de la rocola y sólo se interrumpía para sorber de su vaso. Desde luego que yo quería conocer el final de su historia, no por nada le había patrocinado tres jarras de pulque y ya nos acercábamos a la cuarta. Lo dejé seguir cantando un rato, pero finalmente tuve que animarlo a continuar.

– ¿Y entonces qué pasó? Si era la mujer de tus sueños, ¿cómo terminaste en esta pulcata de pesadilla?

Levantó su cara para mirarme y creo haber visto algo de odio en sus ojos. Empinó su vaso hasta el fondo y me respondió:

– Pues por eso mismo, por las malditas pesadillas. La primera vez que tuve una desperté sudando frío y luego luego tomé el celular y le marqué para ver dónde estaba. “Pues durmiendo, dónde más, amor”, me contestó. Reaccioné y me di cuenta de la hora, y sólo le dije que había tenido un mal presentimiento y quería ver que estuviera bien, pero la verdad es que estaba asustadísimo. Había soñado que entraba a un café y la encontraba agarradita de las manos con otro cabrón. Intenté volver a dormir, pero ya no pude calmarme y aún cuando esa tarde salí con ella no me quedé tranquilo. No podía dejar de pensar en la imagen de ella con otro hombre, aun cuando ella estaba a mi lado acariciando mi mano. Durante varias semanas más continué teniendo ese tipo de pesadillas. Y te juro que intenté controlarme y no hacerle caso a las cosas que soñaba. Pero las pesadillas se sentían tan reales como los sueños donde la había visto jugar con sus primas o ir al mercado con su mamá. ¿Y si los primeros habían resultado por ser ciertos, cómo no iba a pensar lo mismo de estos? Estuve a punto de contarle todo a Teresa para que me tranquilizara, pero pensé que se asustaría o me creería loco y me dejaría. Yo ya no sabía qué hacer. Cuando la veía, ella era perfecta, sabía cómo consentirme, como ponerme de buenas y hasta en la cama se dejaba hacer todo lo que yo quisiera. Pero cada que soñaba con ella ahora la veía engañándome con ese otro cabrón. A veces sólo los veía saliendo del cine, pero otras los veía besándose en un parque o hasta entrando a oscuros cuartos donde no quiero saber qué cosas harían. Empecé a seguirla sin que se diera cuenta. La iba a esperar afuera de la tienda, esperando agarrarla en una de sus movidas. Y en vez de que ella se enojara o me reclamara por mis celos, se portaba más cariñosa, me llenaba de más besos y caricias, como queriendo tranquilizarme. Pero ya ahí muere,  mejor pedimos otra jarrita, ¿no?

Yo ya me había enganchado con su historia. En general los delirios de los borrachos me suelen entretener bastante, pero debo reconocer que este cuento era otra cosa.

– No, hombre. Mejor sácalo todo de una vez. Desahogarse siempre ayuda en estos casos. Anda, tómate otro vaso.

Todavía tuve que escucharlo tararear durante varios minutos y también acompañarlo con otro vaso de pulque. Finalmente, cuando el alcohol ya había bajado todas sus defensas terminó de contarme su historia.

– Pues todo valió madres cuando una noche después de salir de bailar en el California la convencí de entrar a uno de esos moteles ahí en Tlalpan. Lo hicimos dos veces de todas las formas que se me ocurrieron y ella no tardó en dormirse después de quedarnos abrazados un rato. La verdad yo tenía miedo de quedarme dormido, no quería que nada echara a perder esa noche en la que nos la habíamos pasado tan bien. Pero el sueño terminó por ganarme y empecé a soñar con Teresa. La vi en un cuarto como en el que estábamos, pero en vez de ser yo quien la besaba era el otro hijo de puta. No quiero recordar lo que vi en ese sueño. De sólo pensarlo…  Desperté sudando. Cuando abrí los ojos y vi a Teresa aún dormida a mi lado, con una sonrisa casi como de placer, no sé que me pasó, no pude controlarme. Aventé las sábanas al piso y cuando me di cuenta ya estaba sobre Teresa gritándole que era una puta, que cómo había podido hacerme eso, que ahora iba a ver quien era su hombre. Por sus ojos enormes llenos de miedo parecía que ella no entendía nada, pero en ese momento yo ya era otro y la sujetaba por los brazos y mis piernas buscaban destrabar las suyas y… cuando por fin la solté, ella estaba llorando. Agarró sus cosas y se encerró en el baño. Al ver lo que había hecho intenté tranquilizarme y comencé a hablarle a través de la puerta, pero ella ya sólo salió para gritarme que no me quería ver nunca más y se fue corriendo en busca de un taxi. Yo me quedé ahí en el cuarto, aún dudando de lo que había pasado. Empecé a vestirme y antes de salir alcancé a ver en el buró la cadenita de la virgen de San Juan de los Lagos de Teresa.

Mientras terminaba esas palabras, mi compañero sacó de su pantalón una cadenita dorada con una imagen religiosa y empezó a jugar con ella con las manos.

– Y sabes qué es lo peor, mi buen. Que al final terminé teniendo razón. Todo lo que soñaba era verdad. ¿Por qué me ves así? Si te lo digo es porque así pasó. Después de lo del hotel, Teresa no quiso volver a hablarme y hasta cuando la fui a buscar a la tienda los de seguridad terminaron echándome a la calle. Pero yo iba a verla y la miraba desde mi coche. Al principio siempre salía con sus compañeras de la tienda y juntas se iban en un taxi, pero a las dos semanas ella empezó a salir acompañada del hombre con el que yo la había soñado. Ahora tenía el cabello más claro y era un poco más alto, pero estoy seguro que era él, que era ese hijo de su chingada madre. Cuando los vi ya no necesité saber más y decidí olvidarme de Teresa y de las pesadillas y de todo lo que me había hecho pasar. ¿Qué le va a hacer uno? Así de cabronas son las mujeres, ¿qué no? Pero entonces qué, mi buen. ¿Se invita otro pulque y le seguimos?

Le dije que sí y seguí bebiendo con él el resto de la noche. Al final se lo había ganado. No sé cuantas jarras más pedimos, pero siempre era él quien a cada rato volvía a llenar su vaso y quien alimentaba la rocola. Todo ese rato no dejó de cantar mientras en la mano conservaba la cadenita dorada hasta que la borrachera terminó por tumbarlo sobre la mesa. Para ese momento yo también ya estaba algo borracho y mejor tomé mi saco y me dirigí a la puerta. Antes de salir, volteé a ver a mi compañero y al verlo borracho y dormido en esa sucia pulcata, sólo deseé que al menos esa noche sí descansara; por fin libre de cualquier terrible sueño.

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Acerca de Fernando Galicia

Je est un autre. A. Rimbaud

Comentarios

3 comentarios en “La interpretación de los sueños

  1. Lo leí todo, hasta el final, jugó con mis sentimientos. Es excelente.

    Publicado por Psiconauta Guerrero | diciembre 26, 2013, 9:46 pm
  2. Me gustó. Bravo por los sueños.

    Publicado por Carlos | enero 4, 2014, 9:32 pm
  3. Excelente relato.

    Publicado por hongochaparro | enero 16, 2014, 3:04 pm

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